De Quevedo a Góngora 3
En el jardín hay dos mecedoras
donde todas las tardes compartimos el atardecer.
Las manos enlazadas, una manta en el regazo,
y el bastón apoyado en la pared.
Pero llegará un día
donde el silencio se siente en mi silla,
donde yo no hable demasiado
y no tenga voz para una crítica.
Sabes que me estoy yendo,
las pesadillas plagan mi cuerpo.
Y aunque sabes que me gustaría quedarme,
sabes que preferiría irme yo antes.
Porque un mundo sin oír tu voz
donde todo lo que quede sea recuerdo,
sin nadie al lado que discuta conmigo,
no sería capaz de aguantar cuerdo.
Y aunque hace años hubiera preferido
tragarme el veneno para no admitir el hambre,
ese vacío de mi corazón ya no está.
Has sido tú, tú lo curaste
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